Lentejas con arroz

Este plato tan típico en la cocina española, es solo un recurso antiguo de los tiempos donde había que apurar la comida y estirarla lo más posible.
Es tan fácil de hacer que muchas personas me lo han dicho, pero la juventud no llega a comprender que esta comida no es un diseño actual, sino una comida  de aprovechamientos.
Para cuatro personas, hicimos el día de ayer unas lentejas típicas con chorizo, utilizamos 500 gramos de lentejas, en este caso pardina, 4 zanahorias, una cebolla que rallaremos, dos tomates, que igualmente rallaremos su carne, 2 hojas de laurel, dos ajos, una cucharada de café de pimentón dulce, 4 cucharadas de AOVE, una patata grande y un chorizo por persona, de esos caseros sabrosos, sal y pimienta al gusto. El arroz lo veremos luego y que cantidades.
Todo en frio en una cazuela, colocamos todos los ingredientes menos el chorizo, cocemos durante 2 horas a fuego muy lento, flojito, manso, como diría un intimo amigo cocinero. Es más, yo lo apago cada media hora 5 minutos y lo vuelve a encender el fuego. Cuando tengamos las lentejas bien cocidas, y el punto nos lo dará la zanahoria, que se deshace en una cuchara, añadimos los chorizos que ya tendremos fritos y escurridos de grasa. Cocinamos por 10 minutos más para mezclar todos los sabores. Rectificamos en su caso de sal y pimienta. Y a servir.
Ahora veremos que estas lentejas para 4 personas ese día solo vinieron dos a comer, vaya!!, nos sobraron unas pocas, casi dos raciones. Pues vamos a preparar un caldo de verduras con dos zanahorias, dos puerros y dos judías verdes, nada, lo que tengamos por ahí. Vale una pastilla de esas de caldo de verdura. Cocemos, rectificamos de sal y se lo añadimos a esas lentejas del día anterior, o que congelamos la semana pasada.
Cuando este hirviendo le ponemos un puñado de arroz por persona, cocinamos por 15 minutos a fuego medio y dejamos reposar 5 minutos con e l fuego ya apagado.

Y a servir y disfrutar.

Dejarme vivir

Uff. Que calor hace. Un poquito de lluvia o de agua fresca no me vendría mal. Pero mejor cuando el sol ya no me dé de cara. Así no me quemarán esas gotas que hacen de cristales de aumento. Queman y me destrozan mis vestidos verdes y mis sobreros amarillos. La verdad es que es el color que mejor me sienta, otras van de rojo, de rosa, y hasta de negras he visto por ahí, tan presumidas ellas. Son más exclusivas. Conozco a una persona que le encantan los sombreros negros y se las llevan.
A mí me encanta este amarillo, me suena a luz, a oro, a brillo. Dicen que este color es el de la alegría, de la sonrisa. Y para presumir más todavía algunos dicen que este color es de sabios, de inteligentes y de genio. Yo no llego a tanto, pero sí que disfruto cuando me miran y se admiran. Me baja por mi cuerpo, en los días de primavera, unos olores deliciosos. Una fragancia que varía con la cantidad de luz que me da, con el viento que me arrulla, con el sentido que se acercan.
Hay quien me canta, hay quien me pone música, pero sobre todo lo que más agradezco es el amor con el que me miman. Entonces sí que estoy feliz y se me nota, me abro entera, y lleno de luz y olor a todo lo  que me rodea. Con que poco cariño devuelvo tanto. Dejarme que termine mi vida donde nazco, daré mucho más que si me cortáis para unas horas.

Soy un ser que vive y siente, y que quiere como el que más. Soy una rosa amarilla que solo quiere hacer felices a todos.

Pisto manchego con yema de huevo

Esta receta es la típica del pisto manchego con su tomate, cebolla y pimientos. Pero creo que le he puesto un punto de altura a este clásico.
Para 4 personas, 2 kilos de tomates ya maduros, 4 pimientos rojos de esos cascudos, con carne, vaya, y dos buenas cebollas, si son de esas dulces de Figueras mejor. 4 yemas de huevo, sal, 4 cucharas de AOVE, 4 cucharadas soperas de azúcar.
Hemos asado los pimientos al horno, durante 1 hora a unos 160 grados, con unas gotas de aceite. Una vez asados, los hemos limpiado de pepitas y de piel, y recortamos con los dedos a tiras y reservamos, con todos sus jugos.
Por otro lado, en una sartén, con dos cucharadas de AOVE, freímos los tomates a fuego medio, a los que antes le hemos quitado la piel, con cualquiera de los procedimientos conocidos, con un cuchillo, puntilla, o bien escaldados en agua, sobre un minuto y luego al agua helada con dos cortes en el culo en cruz, se pelan de maravilla. Como los tiempos de cocción del tomate y la cebolla para mí son distintos, en otra sartén, y con otras dos cucharadas de AOVE, pochamos las cebollas, cortadas en juliana, a fuego muy flojo, a unos 80 grados máximo, que se cuezan en su propios jugos, sin sal ninguna, tenemos que dejarla transparente sin que lleguen a dorarse.
Por partes, tenemos la cebolla ya pochada, los pimientos reservados en tiras con sus jugos, y el tomate terminando de hacerse. Lo probamos, veremos que tiene un punto de acidez, salamos, y le añadimos las cucharadas de azúcar, seguimos cocinándolo añadiendo en este momento los pimientos y la cebolla. Cocinamos por 15 minutos más, probamos de nuevo, nos tiene que saber a un punto dulce, nunca ácido.

Presentamos en un plato y le añadimos en ese momento la yema de un huevo, ojo solo la yema, sin la clara, se cocinará lo justo con el calor del pisto, le añadimos una sal negra mineral. Le da ese punto que a muchos nos gusta en la yema.

Cuba

Todo empieza con la ilusión de un recuerdo. Las historias de su abuelo en aquellas batallas lejanas de Cuba. Como un chaval en plena juventud llena de locura y pasión pudo conseguir meterse en aquel cuartel y cruzar un charco demasiado grande para alguien de los adentros de la España más manchega. Cascos de paja que más parecían de cosechador de mies. Trajes de rayas, que de pijamas podían valer y armamento para cazar liebres y codornices.
Les contaba las historias como si de anécdotas fueran. Y ahora se daba cuenta de la crudeza de aquellas vivencias, a la ya larga distancia con la patria, había de añadir la crudeza del sitio, a la falta de alimentos por las inclemencia, al bloqueo y asedio, a las enfermedades que diezmaron la población de unos bandos agresores y agredidos. Precariedad contra las inmensas fuerzas de EEUU Al volar el Maine. Hecho que vivió con sus propios ojos, demostrando que su voladura fue interior.
Algo le hacía querer ver aquellas cosas con sus propios ojos. Su abuelo, su amado abuelo fue el último en salir de aquella maldita isla a la que nunca debió ir. Los años pasan, los momentos también, las personas cambian y los sentimientos se aplacan. El rencor se dulcifica, el tiempo restaña, y la vida se adapta. Pero vivir los pasos de su abuelo, oler los sitios donde comió y durmió. Ver el océano hacia su Mancha querida. Y no desde la desesperanza de saber si volverá, como recordaba su abuela. Y si más vivo que en una caja. O solo la carta del general con la noticia de su entierro. Tenía que ir, vivir, sentir.
Y así lo hizo. Buscó la forma más parecida en la que su abuelo se marchó y salió para Cuba, en un buque mercante andrajoso, destartalado, cargado de ropa usada, más vieja que antigua, en fardos atados. Quería revivir una experiencia. Entender porque alguna palabra como ultramarinos significaba lo que traían de ultra mar, de aquello sitios descubiertos por Colon. Porque de los salazones, de las conservas, de los tiempos muertos de nubes y calmas chichas. Pisar la tierra de la playa, las calles, los escombros de los cuarteles, el puerto, sus tabacos, su gente, porque queríamos estar ahí, cuando en España se estaba ya bien, las ambiciones de tierras y personas, dominar más de lo que se puede,

Y salió.

El Ganso y la Jibia

La sombra del árbol era lo único que le dejaba ver en aquel nuevo trozo de vegetal. Escribiendo las hazañas del gran faraón, Escriba de las guerras que su señor ganaba contra esos pueblos bárbaros que sin cultura intentaban adueñarse de las migajas de sus tierras. Y él, el gran faraón, ni podía consentir ningún tipo de injerencia en sus dominios, cada día más grandes y prósperos, donde el saber, el conocimiento se engrandecían a pasos agigantados, tantos como los pueblos que conquistaba. Se afanaba en describir con aquel nuevo sistema que era el papiro. Se acabó el esculpir la piedra para dejar constancia de los hechos grandiosos. La naturaleza ahora brindaba una nueva forma de contar las aventuras, peripecias y odiseas. Este escriba dejó el cincel y la piedra para utilizar al ganso y la jibia para trasmitir la historia. 

Judiones blancos con Almejas y Gambón

Para cuatro personas hemos utilizados 250 gramos de judiones de la granja, servidos por la Despensa de San Lorenzo, 200 gramos de almeja grande sin llegar a ser la típica de Carril, una docena de gambón rojo, un fumet de pescado y marisco, una zanahoria, un tomate rallado, la ralladura de media cebolla, dos hojas de laurel y dos ajos.
Por un lado hemos preparado el fumet de pescado y marisco con las espinas de un pescado que tenia congeladas, en este caso eran de unas doradas, pero cualquier pescado vale, el rape por ejemplo, y las pieles y casi todas las cabezas del gambón, digo casi todas porque reserve una cabeza por plato a servir.
En una cazuela con agua coloqué los judiones ya hinchados de agua de la noche anterior, la ralladura de cebolla, la ralladura de un tomate, las dos hojas de laurel, y los dos ajos. Cubrir de agua y a cocer por espacio de una hora y media. A fuego medio siempre. Una vez que los judiones los tenemos cocidos, probándolos y que estén en su punto de cocción, añadimos el fumet de pescado y marisco, sacamos los dos ajos y las dos hojas de laurel, cocinamos por media hora más. Rectificamos en su caso de sal. Añadimos en este momento las colas del gambón y las almejas, cocinamos por espacio de 5 minutos hasta que las almejas se abran y servimos.
Adornamos con las cabezas del gambón colocándolas en cada uno de los platos de pie.

 

Adornamos con unos pimientos de maceta bien rojos.

Escucha

Hoy no tengo más palabras que las que salen de mis instintos más básicos
Aquellas que solo oyes en las noches de lujuria
Descuartizan amores y cubren pasiones.
Indignas para ti y deseadas de animales
Te hacen subir a los infiernos y salir de los cielos.
Rojas de brasas que anidan en el ardor de tu cuerpo.
Desnuda tu piel y libera sudores, calores íntimos que huelen a deseos.
Escupe tus lagartos y traga mis venablos.
Deja de hablar y empieza a romper cordones morales.
Vuela, sube, baja, monta  disfruta de este carrusel que el frenesí te rebosa.
Corta es la noche para perderla en amores.
No pares hasta que oigas mi beso en tu oreja, mi aliento en tu boca y mi amor en tu alma.

Corre y escucha, vibra y siente. Todo llega y el gozo más.  

Inagua

INAGUA
Al igual que una palmera llora sus frutos recostada a lo largo de la arena, tus lágrimas fluyen de igual forma regando cada grano de guijo de tu vida. La dureza no deja caer más de las que su vida necesita. No afloran todas. Se endurecen hasta que maduran fortaleciéndose a su vez.
Tu solidez esta en cumplir las promesas sean las que sean, por más duras y difíciles que te obliguen. Tu palabra de quedar en esa isla hasta que vuelva la nao a recogerte con las adversidades que vas a vivir. Pasar de náufrago a colono, de solitario a sociable con tu entorno. A descubrir en la naturaleza a tu aliado. A ver que la soledad impuesta por aquella decisión, ahora es asumida con resolución. Aprovechas todas tus capacidades antes inciertas, y ni siquiera adivinadas descubriéndote interiormente. Esa aventura de soledad, mil veces repetida en la literatura, te hace ver el carácter fuerte que siempre llevaste dentro.
Dijo el contramaestre que volvería a por ti aunque tardara un año. Pero si ni siquiera sabes contar. Pasarán decenas de días que nunca serán suficientes. Pensarás hasta la exasperación en élla. Verás su cara en cada sueño. Sentirás su piel desnuda siendo las lonas de tu jubón. 
Tu palabra dada será lo único que te mantenga firme. Sabes de la tierra lo que muchos no sabrán en muchas vidas. A tu corta edad aprendiste muy rápido en los cortados de tu isla. Era preciso que vieras en las nubes, en los vientos, en la luna y el sol todo lo que enseñan a quienes quiere saber. Y tú te alimentaste casi solo de ellos. Algo de leche de tus cabras, briznas de esquejes. Y agua de los riachuelos formaron en ti la sapiencia de la vida.

Ahora llevarás a la práctica, en tierra desconocida, el poco o mucho saber adquirido. Curtirá tu alma, domará tu cuerpo, doblegarás tu entorno y si sigues, tu espíritu aventurero forjado en aquellas quebradas de tu isla, saldrá vencedor de esa isla. Tu voluntad se volverá de acero, tu temple será el más tenaz nunca creado. Ganarás la batalla de la vida. Y si maese Luis de Calatrava, a su vez contramaestre de la Buenaventura, cumple a su vez la palabra, ya no encontrará al niño grumete sino al hombre que ahora llevas dentro. Tu aventura es tu vida. Y hasta tu muerte así será.


                         Relato en mi SÉPTIMO libro en la Editorial Letras con Arte 

Alubias negras con chorizo

Un plato de cuchara y legumbre a la semana debería ser obligatorio en la cocina.
En esta receta hemos utilizado una legumbre, que yo la adoro, la judía negra, habichuela de Tolosa, la alubia pequeña, carnosa, de piel fina y delicada que su sola cocción nos deja un caldo trabado por si sola.
Para 4 personas 350 gramos, 4 chorizos típicos de la tierra de cada uno, 150 gramos de panceta ahumada, dos patatas medianas, un tomate natural, una cebolla mediana, una hoja de laurel, una cucharada de pimentón, yo dulce, sal y dos cucharadas de aceite AOVE.
En una cazuela pondremos la noche anterior las alubias a remojo cubriendo de agua la cazuela,
Escurrimos ese agua y pondremos agua nueva con las alubias, una hoja de laurel, el chorizo y la panceta. Cocinaremos a fuego lento, no menos de dos horas.
En una sartén con las dos cucharadas de AOVE, prepararemos un sofrito con el tomate y la cebolla ralladas, a las que añadiremos al final una cucharada del pimentón deseado. Todo este sofrito se lo ponemos a la cazuela a partir de esas dos horas de cocción, y dejamos cocinar una media hora más, rectificamos de sal. Y servimos.
En cada plato podremos cortar el chorizo en rodajas o servirlo entero, y podemos acompañar con unas guindillitas algo picantes, le dan un toque alegre y ayuda a la digestión.